De antropofágico me acusaban, por devorarme las ideas de todas aquellas ninfas que jugueteaban en mi dormitorio, yo les contestaba que no era verdad, que sólo disfruta el momento absorbiendo su aire que exhalaban por sus bocas causadas por el placer.
Y tenían razón. Nunca me percate de las hemorragias que se les saltaba a chorros en las válvulas principales de sus ya devorados cuerpos. Se fueron acumulando y descubriendo los crímenes cometidos por su servidor. Las almas de todas aquellas ninfas volaban como aves de carroña dentro de mi cerebro, esperando el momento a que callera en el descuido o simplemente muriera para poder ser presas de sus grandes y temibles picos.
Buscan venganza, temí, son demasiadas, pensaba. Creía que al momento de cerrar mis ojos desaparecerían, que ingenuo fui.
Me acosté, extendí mis brazos en señal de rendición. Ahora sólo basta olvidar para poder encontrar la calma.

Juan Pablo:
ResponderEliminarLeo tus escritos. Notó una gran mejoría. Sigue adelante.
César Terrazas